Me llamo Alberto y tengo 22 años. Me considero un chico bastante normal, al menos de apariencia. No es que sea un supermodelo, pero me desenvuelvo bastante bien. Llevo el pelo a media melena, un tanto largo y eso hace que muchos me digan que me da un aspecto algo aniñado, añadido al hecho de todavía no me crece mucho vello facial. Y el que me crece, me lo afeito. De lo que sí puedo presumir es de tener un buen amigo que se llama David. Es de mi misma edad, y nos conocemos desde pequeños, pues que yo recuerde, siempre hemos ido juntos a casi todas partes. Es tanta nuestra amistad que es normal que gran parte del verano la pasemos juntos, ya sea en su casa en el campo, o yendo a algún viaje a la playa, con su familia. Siempre hemos tenido una relación bastante estrecha. Y fue con él, además, con el primero con quien tuve relaciones intimas, que empezaron como un juego hasta llegar a ser más profundas. No obstante, a pesar de estos juegos, que hoy día todavía repetimos, seguimos siendo buenos amigos. David es un chico bastante atractivo. Más alto que yo, llegando casi al metro ochenta, de cuerpo de gimnasio bien trabajado, pelo corto y penetrantes ojos verdes. Yo soy abiertamente bisexual, aunque no negaré que me gusta un buen rabo algo más. David creo que también lo es, pues nuestra relación me hace sospecharlo, pero solo le veo tontear con mujeres.

Hace un par de años sus padres se separaron y él se quedó a vivir con su padre. No obstante, casi un año después, volvió a juntarse con otra mujer, la cual ya tenía una hija de un matrimonio anterior. Por suerte, a ellas no les molestaba que continuara yendo a pasar los veranos, algo que agradecí profundamente. Aunque al principio era algo extraño pronto comenzamos a congeniar. La madastra de David se llamaba Alicia, una mujer cuarentona, pero que se conservaba muy bien, delgadita y de sugerentes curvas. Llevaba el pelo bastante corto y de color oscuro. Una vez que la conocías derrochaba alegría y cercanía y no era de las que se molestaban por el contacto físico, al contrario, era prodiga en repartir abrazos y besos a quien los necesitara. Su hija, Susana, era otro asunto. Susana, quien prefería que la llamaran Susi, era callada e introvertida. Era un año y poco más mayor que nosotros dos y aunque se juntaba con nosotros, pocas veces hablaba más allá de monosílabos o frases cortas. Solía vestir de negro y era más bien bajita y delgada. Donde la madre marcaba curva, ella llevaba rectas. Todo ello lo remataba su pelo, largo y liso, con un flequillo a ras de las cejas. No era una chica fea, solo extraña.

Ese verano David me había invitado a pasar casi un mes en su casa de campo, al igual que los anteriores. Eso significaba diversión asegurada: piscina, excursiones en bicicleta, salidas, películas… Y entre y entre tal vez diversión más privada e intima.

El primer día de estas nuevas vacaciones fueron tal cual las esperaba: todo el día en la piscina, jugando en el agua, nadando, tomando el sol. Y prácticamente nosotros dos solos. Susi estuvo un rato con nosotros, pero sin bañarse. Ni siquiera se puso el bañador. Es más, creo que nunca hasta el momento la había visto con uno puesto. Alicia, por otra parte, andaba dentro de casa, arreglando y poniendo todo listo para el mes que se avecinaba. Así que disfrutamos por la mañana, comimos todos juntos y seguimos disfrutando hasta bien entrada la noche. Después de tomar un bocadillo para cenar nos acomodamos en el sofá para ver un poco la tele, antes de retirarnos a dormir. Tirados en el sofá, con los bañadores y una camiseta y un bol de palomitas para pasar la noche. Lo cierto es que el inicio de las vacaciones no pintaban nada mal.

Pero pronto David comenzó a bostezar, así que decidió irse antes a la cama. En la tele estaban poniendo una buena película, acción rebosante, tiros y algo de sangre, por lo que me quedé más tiempo. Cuando una película empieza me parece absurdo dejarla a la mitad. Y si además añadimos que el sofá de casa de David era muy cómodo, era una razón de más para quedarse.

Al cabo de una media hora oí como se cerraba la puerta de atrás de la casa, la que daba acceso al garaje. Debía ser su padre, que volvía del trabajo. Nunca supe muy bien a que se dedicaba, pero sí era cierto que vestía siempre de traje y volvía tarde. Se llamaba Julián, aunque le gustaba que le llamaran don Julián. Supongo que para imponer más respeto, aunque su aspecto bien lo imponía. Tendría unos cincuenta años aproximadamente. Mediría un metro ochenta, más o menos, por lo que me sacaba algo de altura cuando estaba de pie. Era un hombre de complexión fuerte, con barriga. Eso era algo que en ocasiones me había fascinado. Cuando se piensa en barrigas, yo solía pensar en algo blando, flácido, hinchado. La barriga de Julián, perdón, de don Julián, no era así. Era algo más dura y parecía que tocabas un cojín con mucho relleno. Era una barriga fuerte. Y con pelo, pues eso si era un rasgo distintivo de él, era bastante velludo y lo remataba en su cara con una perilla muy bien recortada. ¿Qué cómo sabía todos estos datos del señor Julián? Lo cierto es que había pasado algunas vacaciones con ellos cuando estaba casado con su anterior mujer y cuando no nos quedábamos en la piscina de su casa nos llevaba algunos días a la playa. Por tanto, conocía la fisionomía de este hombre. Sin duda, tenía un algo, aunque no fuera míster Universo.

Como decía, oí como se abría la puerta de casa y supuse que se trataba del padre de David. Efectivamente no me equivocaba, pues sin mucha dilación entró por la puerta, con la chaqueta del traje al hombro y la corbata algo suelta. Creo que al principio se sorprendió de encontrarme ahí, sentado en el sofá y vestido con el bañador y una camiseta, pero en seguida me sonrió y se dejó caer a mi lado en el sofá.

“Hombre, Alberto, ¿todavía despierto a estas horas? ¿Y David?” me dijo. Olía un poco a alcohol, así que supuse que habría estado bebiendo después del trabajo.

“Buenas noches don Julián. David ya se ha ido a dormir. Yo es que quería terminar de ver la película, que le queda ya poco”.

“Muy bien, muy bien. Bueno, ya que estoy aquí la termino de ver contigo. Total, ya es tarde para ir a dormir”. Y con esto rió por lo bajo mientras se acomodaba más conmigo, pasando una brazo por detrás del respaldo.

La película, como había dicho, le quedaba poco. Un cuarto de hora o así donde se concentraban las últimas balas del cargador y los charcos de sangre empezaban a formarse. Pero lo cierto es que no le prestaba nada de atención. Tener a don Julián tan cerca me descolocaba. Aunque siempre había sido bastante cercano, tanto con su hijo como con sus amigos, nunca había estado tan cerca de él, casi piel con piel si no fuera por su camisa. Olía a alcohol, tanto del que había bebido como de la colonia que se ponía, y a sudor. Pero lo extraño era que, lejos de ahuyentarme, la situación me estaba provocando, por lo que tenía que hacer esfuerzos para controlar mi zona baja. Afortunadamente, los créditos empezaron a correr por la pantalla.

“Vaya, Alberto, ¿sabes que hueles muy bien?”. Esa declaración me heló en el sitio. No podía esperarme para nada algo así y, claro está, me puse bastante nervioso.

“No… no sé a qué se refiere don Julián… No llevo ningún perfume…” Al oír esto él estalló en una carcajada.

“Pues entonces debo ser yo. Perdona, pero sí que te has puesto nervioso, chico. Relájate” Y diciendo esto y riéndose me estrechó con su brazo mientras que con el otro revolvía mi pelo. No pude ni reaccionar ante ese acto imprevisto, dejándome hacer y llenándome la nariz de su aroma, ya que me había pegado bien la cara contra su cuerpo. Cuando me soltó estaba atontado.

“Pues usted sí que huele bien…” se escapó de mis labios. Luego que me di cuenta de lo que había dicho, se me abrieron mucho los ojos y me tapé la boca con la mano. Don Julián me miraba sin cambiar el gesto que tenía antes, entre afable e imponente. “Pe… perdón… yo no quería… es decir…”. Y mientras intentaba disculparme, súbitamente me agarró por la muñeca y me atrajo hacia él, silenciándome con un beso en la boca. Claro está dejé de parlotear al instante y, al quedarme con la boca abierta, pude notar como él metía su lengua dentro de mí, besándome. Su aliento olía a alcohol, pero su lengua me estaba emborrachando de placer. Casi sin ser consciente de mis actos, cerré los ojos y me dejé llevar por los deseos de aquel hombre. Su lengua me penetraba la boca, buscando mi lengua y jugando con ella. Pronto yo también empecé a buscar su lengua. Cuando se separó de mí y abrí los ojos me di cuenta de que estaba tumbado en el sofá y él estaba encima de mí, mirándome con unos ojos penetrantes.

“Don… don Julián… yo… yo…”. Él me llevo uno de sus gruesos dedos a la boca para que me callara y así lo hice.

“Ssshh…” me dijo “Tranquilo… Sé lo que quieres ¿o crees que no he visto como me miras? Desde el primer día en que entraste en casa con David me he fijado en ti. Y también he visto como tú me mirabas ¿Crees que no veo como me miras cuando estamos en la piscina o en la playa? ¿O cuando me siento con vosotros en el sofá a ver la tele como miras mi cuerpo? Sé que lo deseas chaval”.

Esas declaraciones me dejaron helado. No es que fueran falsas, pero saber que él también se había fijado en mí, no me lo esperaba. Y yo que creía haber sido discreto.

“Don Julián… yo…” pero él volvió a hacer presión con su dedo en mis labios.

“Sí, tú, chaval.” continuó diciendo, con el olor a alcohol impregnándome la nariz. Al mismo tiempo, comenzó a meter una mano por debajo de mi camiseta, buscando mis pezones.”Sé que quieres a un hombre de verdad que te haga disfrutar” Al oír esto me asusté un poco. Nunca me hubiera esperado que las cosas fueran por ese camino e intenté removerme para salir de ahí. Pero don Julián estaba encima y no era un peso fácil de liberar. Ante mis intentos se rió un poco.

“Don Julián, por favor… yo… creo que se confunde… no…”, pero antes de poder defenderme se volvió abalanzar sobre mí para besarme. Aunque intenté resistirme finalmente no pude y volví a caer en sus redes, dejándome llevar, con los ojos cerrados, disfrutando y quedándome casi sin respiración. Cuando nos separamos volvió a reír.

“No, no creo que me confunda chaval. Sé que esto es justo lo que quieres. Nunca lo vas a aceptar, yo lo sé, pero lo que quieres es que un hombre de verdad te ponga en tu lugar y te haga disfrutar, ¿verdad?”

Nunca me había pasado, pero estaba excitado y asustado. Notaba como su mano se movía bajo mi camiseta, acariciándome, presionándome e incluso pellizcándome. Con toda esta situación me vi a mi mismo asentir ante él. No sé si fue algo voluntario o mi cuerpo hablando por mí, pero asentí.

“Así me gusta. Las nenazas como tú queréis a un hombre de verdad para que os den lo que os merecéis. Conmigo ya verás cómo no te vas a cansar…” Diciendo esto y cogiéndome del brazo me levantó del sofá y me puso frente a él. Me sacó la camiseta por la cabeza y la tiró a un lado. Entonces empezó a lamerme los pezones, que ya empezaba a tenerlos duros por las caricias de antes. Jugaba con ellos igual que cuando jugaba con mi lengua, de una manera decidida, queriendo hacérselos suyos. No tardé mucho en empezar a soltar gemidos de placer y a morderme los labios para intentar silenciarlos. Al notar mi excitación don Julián comenzó a morderlos, duplicando el placer que estaba recibiendo. Ante tal situación, por mucho que quisiera mantener cerrada mi boca, no podía aguantar y comencé a gemir más fuerte. Entonces me puso una mano en la boca y me miró a los ojos sonriendo.

“Sshh… no querrás que el resto de la casa sepa lo que te gusta esto, ¿verdad?” Eso me devolvió a la realidad. David estaba arriba, durmiendo, igual que Susi y Alicia. Estaba muy excitado, pero por nada en el mundo quería que me pillaran en esa situación. No sabría que decirles. Y aunque lo supiera… ¿qué pensarían de mí? Supongo que don Julián vio todos mis pensamientos reflejados en mi cara, por lo que volvió a sonreír. “Muy bien, veo que lo comprendes. Creo que tendremos que taparte un poco la boca, para evitar ruidos, ¿vale?” Asentí con la cabeza. Entonces me quitó la mano y comenzó a bajarme el bañador, el cual ya me marcaba bastante la erección que tenía. “Veo que te lo estás pasando bien, ¿eh?” dijo mientras dejaba al aire mi pene tieso. Yo me moría de vergüenza de estar en esa situación, completamente desnudo, delante del padre de mi amigo. “Así me gusta, pero yo también me lo tengo que pasar bien, ¿entiendes? Ya va siendo hora de que utilices este cuerpo que tienes. Ahora vas a hacer un buen trabajo mamándome la polla y entonces te pondré en tu lugar follando bien ese culito que tienes ¿Qué te parece?”

Ante toda esta declaración de intenciones no pude si no asentir muy nervioso. No podía hacer nada. Don Julián era mucho más fuerte que yo, además de voluminoso. Sabía que si me negaba no le iba a ser difícil obligarme. Si gritaba o pedía ayuda me enfrentaba a la situación de que no sabía que podía pasar o que podrían pensar. A fin de cuentas, el señor de la casa era él. De todas maneras, por otro lado, la situación me estaba excitando, a mi pesar. Y no sería la primera polla que me comiera ni que me metieran tampoco.

Vi que sonreía ante mi afirmación. Comenzó a quitarse la corbata por la cabeza, tirándola al sofá. Se desabrochó a continuación su camisa dejando a la vista su fuerte barriga, a la que no pude quitarle la vista. Vi como se desabrochaba el cinturón y se dejaba caer los pantalones. Y continuó con sus bóxers, dejando a la vista su erección. Siempre había pensado que los hombres gordos la tendrían pequeña, pero ese no era el caso de don Julián. Tendría un pene de unos 19 cm, más largo que el mío. Gordo, robusto, lleno de venas, con un capullo grande y rosado, apuntando feroz. Y con esto un buen par de huevos colgantes y peludos. Quedé como extasiado mirándolos. Nunca me hubiera podido imaginar algo así. No iba a ser la primera polla que me comiera, pero no estaba preparado para algo así. Estaba tan ensimismado con el espectáculo que no reaccioné hasta que don Julián puso sus fuertes manos sobre mis hombros y me obligó a agacharme, quedándome de rodillas y con su arma apuntando a mi cara. Sin quererlo, notaba como mis labios se abrían, queriendo probarla, pero sin atreverme. Entonces él colocó una mano en mi cabeza y suavemente me acercó hasta ella, metiéndomela poco a poco dentro de la boca. La primera vez no pude llegar ni siquiera a la mitad, antes de sacármela de la boca, pero él volvió a empujarme la cabeza para volver a intentarlo. Poco a poco su polla se fue abriendo paso y llegando más lejos. Notaba como mi boca se adaptaba, pero era algo descomunal. Don Julián cada vez tardaba menos en volverme a empujar hacia dentro toda su barra de carne. Sin duda, le tenía excitado tenerme a sus pies, de rodillas, comiéndosela.

“Así me gusta, nenaza. Ahora sabes cuál es tu sitio. Pero necesitas aprender más.”

Agarrándome con sus dos manos de cada lado de la cabeza, con sus últimas palabras, comenzó a marcar él el ritmo de la mamada. Al principio intenté resistirme, pero ante las consecuencias, y que él tenía mucha más fuerza que yo, al final, dejé que me follara la boca como a él le gustase. Lo cierto es que si ya estaba bastante avergonzado por lo que estaba pasando, con lo que ocurría ahora llegaba a un estado de humillación bastante avanzado, pues me estaba utilizando como si fuera una muñeca hinchable. Lo cierto es que tal vez fuera una nenaza de verdad. Después de un buen rato de mete saca, en el que la saliva me corría por las comisuras de los labios y estaba como ido del movimiento sin descanso, sacó su polla remojada por mis babas de mi boca y me apuntó con ella. Me imaginaba lo que vendría por lo que rápidamente cerré los ojos y tras una breve ayuda de su mano comencé a sentir su descarga en mi cara. Su semen golpeó mi cara con furia, en un par de descargas. Afortunadamente había cerrado los ojos, porque noté que una de ellas había caído sobre mi ojo. Notaba como su leche se derramaba caliente por mi cara dejándomela pringosa.

“Ufff… así me gusta nenaza” me dijo “Coge tu premio.”

Comencé a quitarme la corrida con la mano, intentando apartar esa descarga asesina de mi ojo, pero enseguida me pegó un manotazo en la cara.

“No, no, no. Nada de eso. Quiero que te lo dejes hasta que haya acabado contigo.”

Esas últimas palabras significaban que todavía había asunto por delante. Le miré con el ojo bueno desde el suelo, esperando a ver que hacía a continuación. Me levantó bruscamente del suelo, casi alzándome en vilo y me tiró al sofá boca abajo. Enseguida levantó mis caderas con sus manos y me dejó a cuatro patas. No veía que pasaba ahí detrás, pero lo notaba. Sus dos manos separaron mis nalgas lentamente, dejándole ver lo que iba a conseguir a continuación. Escupió un par de veces y noté como la saliva se acercaba al agujerito, caliente. Entonces, noté encima mía la presencia de su cuerpo y cómo su glande se situaba a la entrada de mi culo. Me mordí los labios y cerré los ojos, esperando lo inevitable. No iba a ser la primera vez, claro estaba, pero con una herramienta así, sin duda sería como si lo fuera. Poco a poco su pene se fue abriendo camino dentro de mí. Intentaba no gemir, no hacer ruido, pero verdaderamente era algo muy difícil, así que enterré mi cabeza en un cojín para amortiguar todo lo posible.

“Veo que no es tu primera vez, ¿verdad? Lástima, me hubiera gustado estrenarte. Pero seguro que esta es tu primera polla de verdad, ¿a qué sí?” No podía ni contestar, inmerso en aguantar mis gemidos, apretando mi cara contra el cojín, llenándolo de babas. Un azote me hizo levantar la cabeza de golpe, dejando escapar un gritito de placer.

“Parece que estás tan ocupado disfrutando que no puedes ni contestarme, ¿eh putita?” dijo con regocijo mientras comenzaba lentamente a taladrarme. Había pasado de nenaza a putita. Definitivamente había caído en una espiral de degradación, con la cara llena de leche.

Notaba su barriga chocando contra mi culo, cada vez que la metía, cada vez más a fondo. Llegado el momento, cuando mi culo ya soportaba la mitad de su polla, sus huevos comenzaron a chocar los míos. Él se echó encima de mí, poniendo sus manos en mis pezones, duros como piedras, y me los pellizcaba mientras me mordía el cuello.

Sin duda parecía que no se agotaba y a cada momento tenía más fuerza. Y para ir a peor, después de un rato, noté como mi pene estaba duro como una piedra y caliente a más no poder. Aguantando todo el peso de sus embestidas en mis hombros, llevé mi mano derecha hacia abajo y comencé a masturbarme. Don Julián lo notó y riéndose en mi oído me susurró: “Así me gusta. Sabía que una putita como tú lo iba a disfrutar. Venga, pajeate y llena el sofá de leche mientras te follo”. Esas palabras me pusieron aún más caliente, y sin darme cuenta, aumenté el rimo de mi mano.

Entonces, cogiéndome del pecho con sus dos manos, me echó hacia atrás y caí sobre su pecho. Él se quedó sentado en el sofá, con su polla perforándome y yo, con las piernas abiertas, encima de él. Su barriga, presionándome la espalda, notando cada uno de sus pelos. Poco a poco comenzó a levantar mi culo con sus manos, con cada movimiento de su cadera, empalándome un poco más en él. Yo quería seguir pajeándome, porque estaba a punto de correrme. Pero la fuerza con la que me daba era tanta, que si me soltaba de él creía que podría caerme. Estaba en éxtasis y creí nada lo mejoraría, pero me equivocaba cuando fue el propio don Julián quien llevo su mano hasta mi polla y comenzó a masturbarme. Giró mi cabeza para besarme y, con nuestra saliva, comenzó a morderme el cuello. Todo esto tuvo el efecto de excitarme todavía más y acabé corriéndome con un par de descargas sobre el suelo del salón, frente al televisor. Quedé exhausto después de la faena. Don Julián levantó su mano y pude ver que estaba llena de mi leche. La acercó a mi boca y, sin que él tuviera que decir nada, comencé a limpiársela con mi lengua. “Veo que ya estás aprendiendo” dijo medio entre risas “Pero yo todavía no he acabado. Así que venga, limpia eso y prepárate otra vez”.

Entre lo atontado y exhausto que estaba no entendí nada de lo que me decía, así que tuvo que levantarme él mismo, y tirarme al suelo para que entendiera mi cometido. “Límpialo. Con la lengua”. Estar a cuatro patas en el suelo y él de pie, impotente, con su pene todavía erecto completamente y mojado por mí culpa me puso a mí. Estoy seguro que de tratarse de cualquier otro nunca lo hubiera hecho. Pero don Julián no era cualquiera. Así que con una mezcla de excitación y asco comencé lamer del suelo mi corrida hasta dejar el suelo, más o menos, limpio. Él me tiró un trapo y me dijo que repasara todo y me limpiara la cara. No me di cuenta hasta el final que era mi propia camiseta.

“Venga, no hemos acabado todavía”. Don Julián hizo que me levantara del suelo y me colocó de nuevo en el sofá, solo que con las manos en el respaldo y de rodillas en los cojines. De esta manera, él tenía completo acceso a mi culo y yo, sujetándome en el respaldo, podía aguantar sus envites. Noté como se colocaba detrás de mí, acariciándome el culo. “Espero que pueda seguir soportándolo” dijo, antes de darme un pequeño azote. Claro está que quien tenía que aguantar era mi culo. A él parecía sobrarle energía. Colocó de nuevo su glande en mi ano y con sus dos manos cogió mis caderas. De un golpe metió la mitad. No pude soportarlo y pegué un grito, mezcla de dolor y placer, pero rápidamente, me tapó la boca con su mano. “No, no, no. Nada de escándalos”. Con las lágrimas cayendo por mis mejillas, comenzó a forzar mi entrada intentando que cupiera entera. “Cómo me gustan estrechos… y abrirlos yo, aun más…”. Entonces volvió a comenzar un bombeo, aun con más fuerza que la otra vez, gracias a que me cogía de la cadera. Yo cerré los ojos. En principio para soportar mejor el dolor que me causaba su enorme pene taladrando mi culo, pero después por puro placer, ya que llegué a disfrutarlo. Muestra de ello era mi polla, que volvía a estar dura. Solté una mano para volver a masturbarme, pero en cuanto lo hice don Julián me dio un fuerte azote. “Ahora estoy disfrutando yo putita. Estate quieta”. No  me quedaba más remedio que aguantarme las ganas y disfrutar de la fuerza de don Julián. Cerraba los ojos y gemía por lo bajito, intentando no hacer ruido, pero notaba que él me oía, pues cada vez que uno se escapa de mis labios, él daba una embestida más fuerte. Después de una embestida tremendamente fuerte acompañada de un buen azote abrí mis ojos y me fijé en una sombra que se proyectaba por la puerta entornada del pasillo. Me fijé un poco más y pude adivinar los rasgos de Susi, la hermanastra de David.

Casi entré en pánico. Me imaginé lo que veía. Yo poniendo culo y su padrastro detrás de mí, follándome sin piedad el culo. ¿Pero habría visto algo más? En ese momento quise gritar, pero lo único que salía de mi boca eran gemidos de placer por cada embestida que don Julián me daba. Vi que Susi, se sonreía e incluso parecía disfrutar de la escena, pues una de sus manos se perdía dentro de su pijama. Parecía que don Julián no se había dado cuenta de que teníamos observadores, concentrado en abrirme el culo. Después de una brutal embestida dejó su polla dentro y agarrándome fuerte de las caderas, con un gruñido de satisfacción, noté como llenaba mi interior con su caliente corrida. Bajé la cabeza para disfrutar de esa sensación y, cuando volví a levantarla, vi que Susi ya se había ido.

Don Julián sacó su polla de mi culo, dejándome toda una sensación de vacío. Su leche comenzó a escurrirse hacia fuera. Estaba dolorido y, lo que era peor, no me había corrido esta segunda vez, por lo que tenía una erección palpable. Don Julián me alargó mi camiseta otra vez.

“Límpiate bien y ponte de rodillas, putita, tienes que acabar el trabajo”. Hice lo que me pedía. Habiendo llegado a este punto poco más podía hacer. Limpie lo buenamente que pude mi culo de su corrida, intentando evitar que luego fuera goteando, dejando su marca por el suelo. Luego me coloqué de rodillas, otra vez, en el suelo, ante él.

“Y ahora vas a limpiarme bien” me ordenó. Cogí su polla, húmeda, con mi mano y la acerqué a mi boca. Con la lengua fui limpiándola, notando el sabor de su leche, mi culo y a saber qué más. Cuando estuvo satisfecho con el trabajo comenzó a vestirse de nuevo, dejándome en el suelo, recuperándome.

Mientras se subía la cremallera me dio una última mirada, orgulloso y altivo. “Tengo que admitirlo, eres bastante bueno. Pero conmigo seguro que serás mejor”. Y con estas palabras se encaminó hacia el pasillo. Me levanté del suelo, con el culo dolorido y las piernas flojas. Comencé a recoger mi ropa, intentando adecentar un poco el salón, para que a la mañana siguiente no pareciera que había ocurrido una salvaje noche sexual, y me encaminé a la ducha para limpiarme. Mientras el agua caía sobre mi cuerpo llevándose los últimos rastros del semen de don Julián recordé la cara de Susi, mirándome mientras su padrastro me empalaba. Tenía que hablar con ella.


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