Teniendo yo 14 años, mis tíos me invitaron a pasar unos días de vacaciones en la playa. Habían alquilado una casa cerca de la costa en común con otro matrimonio amigo. Me dijo mi tío: no te vas a aburrir, nuestros amigos tienen un hijo de 17 años, se van a poder entender y entretenerse. Con esa expectativa, fui a vacacionar con ellos.

 

Cuando llegamos a la casa de la costa, la otra familia ya estaba instalada desde hacía unos días. Allí los conocí al matrimonio amigo de mis tíos y a su hijo Anibal. 



Me agradó, parecía simpático, me recibió muy bien. En los primeros momentos no me pareció muy atractivo, era distinto a mi: guapo de cara, con el cabello algo largo y lacio y un cuerpo muy bien marcado y desarrollado para su edad. Con el correr de las horas, y gracias a su simpatía conmigo, me fue agradando más. Me gustaba su cuerpo lampiño, pero con axilas muy peludas. Me contó que entrenaba en las divisiones inferiores de un pequeño club de futbol.



Me incomodó notar que vivía obsesionado por las chicas, era muy atrevido, en la playa y por las calles las enfrentaba, les decía cosas, a veces con éxito y otras veces no. En todo momento su short estaba abultado adelante, se le marcaba una verga gruesa, siempre andaba erecto con solo ver a las chicas, a las mujeres. Eso me incomodaba porque yo era muy tímido y si bien me atraían las chicas, también me gustaban los machos, y él empezaba a gustarme.



El tema de conversación de Aníbal siempre era el sexo, estaba constantemente jadeante mirando mujeres y diciendo cosas. A veces, cuando estabamos sentados solos, jugaba a la insinuación, me acariciaba el muslo de la pierna y me decía: «vos también estás fuerte, eh» y se reía.



Un día, en la playa, apalabró a una chica algo más grande que él, de unos 21 años. Ella paraba en una localidad cercana a la nuestra. Quedaron en encontrarse allá esa noche.



Así, Anibal me exigió que esa noche fuera con él a esa localidad, que lo acompañara para que no parezca que andaba solo y sin amigos. No me gustó la idea, yo no tenía nada que hacer en esa salida y me daba celos pensar que se arreglaría con ella y yo quedaría al margen de él durante el resto de las vacaciones. No quise ir, pero mis tíos y los padres de Aníbal tanto me insistieron que salieramos y nos acompañáramos, que finalmente fui.



Caminamos hasta esa localidad y dimos muchas vueltas por el centro comercial hasta que vimos a esa famosa chica con su grupo de amigas y amigos. Anibal se acercó y habló con ella, pero noté que los amigos de ella no querían esa junta, y le insistieron en seguir su recorrida. La chica, tal vez nerviosa por la ansiedad de Aníbal, le dijo que otro día se verían y se fue con su grupo.



Aníbal quedó contrariado, furioso, jadeante de rabia y de deseo. Le noté su bulto muy duro, notable debajo del pantalón. Tomamos algo, dimos algunas vueltas, y como los intentos de mi amigo por conquistar otra chica no tuvieron buen resultado, me dijo que volviéramos a casa.



En vez de regresar caminando por la vera de la ruta que unía las dos localidades, Anibal quiso volver caminando por la playa. Lo hicimos, y él estaba como en trace, protestando, insultando. Hasta me dijo que si hubiera venido solo, capaz hubiese logrado llevársela con él. Traté de hacerle algunas bromas para que se distendiera.



Caminando en esas soledades ventosas por las playas solitarias, Aníbal empezó a repetir: «me dejó caliente, quiero cojeeer». En un momento me tomó del hombro y me dijo: «vamos al médano». Yo, acostumbrado a sus juegos de caricias en mis muslos y sus insinuaciones, deseándolo a él como lo deseaba, lo acompañé. Subimos por la arena del médano hasta pasar a la parte de atrás donde había una hondonada, y la parte más prominente y alta del médano nos ocultaba de la playa solitria.



Aníbal me abrazó y me recorrió con sus manos. Viendo mi pasividad, se quitó la remera y descubrió su torso desnudo, musculoso y jadeante. Como seguramente notó que yo estaba algo asombrado y tembloroso, volvió a abrazarme y acariciarme para que me tranquilice, dejándome sentir el calor y el olor de su cuerpo. En un momento se bajó el pantalón y el slip, y dejó saltar afuera su verga enorme y erecta (coronada de un bosque de pendejos) y sus enormes huevos. Su pija estaba hinchada y dura, pegada a su panza. Con una mano me sostenía por mi hombro y con la otra tomó mi brazo y lo llevó a su verga diciendo «agarrala, tocala, mirá cómo está». La toqué notando que soltaba mucho líquido, estaba caliente, dura y muy mojada. Los primeros instantes fueron de timidez de mi parte, pero me gustaba la situación y enseguida empecé a apretarla y batirla.



Aníbla jadeaba como un lobo, y movía su cadera en forma batiente. De pronto puso sus manos en mis hombros y me forzó a arrodillarme delante de él. Tomó su verga y moviéndola me dijo: «chupala, chupala que te gusta».



Como yo vacilé, él me tomó de la nuca y con la otra mano la acercó a mi boca, pude sentir el olor viril de su palo que soltaba líquido. La puso en mi boca, no me dió alternativa, y la metió toda, lentamente, hasta el fondo, ordenándome «chupá, chupá». Lo hice, ahogándome con tremendo pedazo dentro de mi boca y él sosteniéndome duramente la cabeza con su mano. Movió la cadera bombeando como un perro, jadeaba, gemía, hasta que al final eyaculó como un toro, me llenó la boca de semen caliente y espeso.



No me dejó escupir. Cuando sacó su verga de mi boca, con sus manos aprisionó mi mentón y me exigió tragar. Le obedecí y sentí que fue una sensasión hermosa.

No cuentes nada !! me exigió, y nos volvimos a la casa caminando en silencio.



Fue el principio, a partir de allí todos los días me hacía mamársela y tragar su leche, para desahogarse. Compartíamos el dormitorio, con que así hubo noches que me lo hizo dos y hasta tres veces, y durante el día, en cualquier lugar solitario me lo exigía también.

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