Visita al pueblo

Visita al pueblo

Me llamo Daniel, soy un chico de unos 35 años y hasta hace muy poco tiempo sólo había tenido relaciones heterosexuales.

Siempre he tenido un buen cuerpo, fibrado y con músculos marcados; me cuido bastante. Tengo el pelo oscuro, ojos marrón claro, gafas y perilla que ya empieza a encanecerse.

La historia comienza un día que fui de visita al pueblo para ver a mis padres. Yo me he criado en un pueblo pequeño y cuando acabé mis estudios me fui a la ciudad a acabar de formarme como fotógrafo profesional. Era Navidad, últimos de Diciembre y ya llevaba en el pueblo varios días. Salí a pasear muy temprano con el perro de mi padre y recorrí todos los parajes en los que jugaba de pequeño realizando fotografías y disfrutando el paisaje.

Llegué hasta el establo de Doña Marga, era un establo donde todo el pueblo tenía su cuadra alquilada para guardar su caballo o burro. Eran casi las 9 de la mañana y entré para ver los caballos; siempre me han gustado. Estaba acariciando los caballos y haciendo algunas fotos cuando alguien llamó mi atención, como es un pueblo muy pequeño ver que un desconocido (ya no me reconocía nadie) estaba en las cuadras era una situación extraña. Se fue acercando un hombre descamisado y me preguntó:
– ¿Qué hace aquí? ¿Quién es usted?

– Hola, siento la intromisión. Soy Daniel el hijo de Paco. He vuelto al pueblo a ver a mis padres y quería ver los caballos como cuando era pequeño.

– Ahh, entonces perdone, no es habitual que vengan extraños a ver los caballos.

– Ya, comprendo,. Por tu acento no eres de aquí. ¿De dónde eres?

– Sí claro, soy Mauro, de México, el nieto de Doña Marga me contrató para cuidar las cuadras y a los animales.

– Que bien que venga gente nueva al pueblo, es muy pequeño y aburre ver siempre a la misma gente.

– No lo crea, yo vengo del DF y aquí me siento en paz rodeado de tanta naturaleza.

– Eso sí, vivir aquí también tiene su lado bueno.

– Bueno, encantando en conocerlo, me voy a seguir arando el huerto.

– Desde luego, no te molesto más.
Mauro era un hombre muy atractivo, no tendría más de 30 años y estaba muy moreno. Su pelo era castaño y largo, sus ojos verdes y su cuerpo indescriptible. De esos cuerpos musculados y marcados por el trabajo físico, no por el gimnasio ni los batidos de proteínas. Era un pedazo de hombre.
Volvimos a casa el perro y yo y no le di más importancia al encuentro. Cuando quedaban tres días para volverme a la ciudad no había conseguido quitarme de la cabeza a Mauro, me causó un gran impacto. Ese día por la mañana decidí volver al establo, esta vez con otras intenciones muy distintas a las que tenía el otro día que fui de paseo.

Volví a ver a los caballos y esta vez me acerqué también al huerto, donde sabía que lo iba a encontrar, estaba recolectando verduras de nuevo sin camisa y con unos vaqueros ajustados, rotos en las rodillas y llenos de barro. Llevaba un sombrero de paja típico del pueblo. Se acercó a la valla a por su camisa para secarse el sudor cuando me descubrió mirándolo. Me hizo un gesto de saludo y se acercó:
– Daniel, ha vuelto… ¿a ver los caballos otra vez?

– Sí, y de paso he querido subir a saludarte.

– Que bueno, aunque no lo creo.

– … ¿por … ¿por qué dices eso?

– Porque el bulto de su pantalón le delata.

– … bulto? ¿qué dices?…

– ¡No sea chingón!

– Yo…

– A esto me refiero…
Entonces me agarró el paquete y me miró con esa cara varonil que no me podía quitar de la cabeza desde la primera vez que lo vi. En pocos movimientos, me quitó el cinturón y me bajó los pantalones. Mi polla ya estaba bien dura y sólo tenía que metérsela en la boca, lo cual hizo sin aspavientos y la comenzó a chupar lentamente. Con mis 21cm. considero que estoy bien dotado.

Él recorría todos y cada uno de ellos con su lengua, y lo hacía con una técnica que me hizo gemir de placer varias veces. Se levantó entonces y me llevó a la cabaña de las herramientas donde tenía un camastro para descansar los días de verano. Me puso de rodillas y me hizo desvestirlo. Pude admirar su anatomía perfecta, a parte de un torso que parecía esculpido tenía unas piernas duras y curtidas y un culo de ensueño, duro y redondito.

Tenía vello corporal pero no mucho. Era muy robusto y masculino. Mi sorpresa fue mayúscula cuando le bajé los slips blancos que llevaba y me dijo con su sensual acento mexicano:
– Chúpame la verga

– No me lo digas dos veces
Me la metí entera en la boca y disfruté de su sabor salado y de su olor a hombre. Tenía una polla impresionante que mediría unos 24 cm. y muy gruesa. La chupaba con ganas, el capullo, el tronco, los huevos, todo me sabía rico de él. Recorría la superficie con mis labios y mi lengua, intentaba palpar cada rugosidad, cada vena, cada rincón de su miembro.

De pronto, me apartó para no correrse y me puso a cuatro patas en el camastro. Yo estaba deseoso de que aquel macho me poseyera. Buscó entre las cosas de un cajón y saco un pequeño bote que se untó en las manos y en mi culo.

Era lubricante, algo que iba a ser imprescindible si quería meterme aquella polla palpitante. Fue metiendo en mi agujerito un dedo, dos, un dedo, dos… para irlo lubricando y dilatando, a mi aquello me encantaba, se notaba que era todo un experto.
Se puso un condón y se untó un poco de lubricante también en su miembro duro como una estaca, lo empezó a pasear por mi agujerito y cuando intentó meterla agradecí que hubiera usado el lubricante, nunca me habían follado con una polla tan gruesa, yo disfrutaba cada cm. de su polla que entraba dentro de mí, ¡qué placer!

Nos llevó un buen rato hacer que su polla entrara y saliera con la facilidad necesaria, hasta entonces había ido suavemente. Una vez notó que podía moverla con soltura, aumentó en velocidad y fuerza y en la segunda embestida me corrí como una fuente. No pude retenerlo, era un placer extremo, una gozada, el morbo de la situación, todo sumaba excitación a la escena.

Cada vez que tomaba impulso su polla dura y venosa rozaba cada lugar del interior de mi ano haciéndome disfrutar al máximo. Durante un rato me tuvo en la gloria hasta que la sacó y se corrió en mi espalda porque ya no podía aguantar más. Estaba exhausto, sudoroso y satisfecho.
Me di la vuelta para contemplar ese ejemplar de macho y se tumbo rendido encima de mí. Su cuerpo ocultaba totalmente al mío y eso que yo no tengo un cuerpo delgado ni pequeño.

Disfruté aquella sensación de sentir el peso de un hombre encima y lo besé con ganas, toqué su cuerpo de arriba a abajo. Me detuve a probar sus pezones duros que sabían deliciosos. Entonces me decidí y le abrí las nalgas para romperle ese culo; me eché saliva en la mano y lubriqué su agujerito un poco. Ambos estábamos ardiendo en calor y deseo.

Cada roce con la piel del otro tenía una intensidad brutal. Él intuyendo lo que iba a hacer, se incorporó levemente y él mismo se introdujo mi polla en su culito. La polla me ardía dentro de su ano prieto. Mauro no sólo sabía follar, también sabía ser follado; se meneaba salvajemente haciéndome morir de placer, aquel hombre no era normal, era un sueño hecho realidad.

Duramos pocos minutos porque me corrí enseguida ante semejante bestia sexual. Volvimos a recostarnos juntos y disfrutamos de nuestros cuerpos durante unos minutos. Su olor, su pelo, sus labios, todo de él me gustaba. Ese aire de cowboy era tan excitante que era imposible mantenerse impasible.
Sonó un coche en la lejanía y se levantó rápidamente muy agitado, me dio mi ropa y me dijo que me vistiera. Era el nieto de doña Marga, venía a ver a sus caballos.

Nos vestimos y yo salí por la otra puerta de la finca que daba al camino que iba al pueblo vecino. No nos pudimos despedir como es debido y en los días siguientes no tuve ocasión de volver a verlo.

Pero, seguramente que ahora que conocía de primera mano las cosas buenas que puede ofrecer el pueblo, volvería a ver a mis padres en muchas más ocasiones que no fueran Navidad.

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