Mucho tiempo estuve acordándome de aquella tarde que pasé en Sitges. Todo lo que compré ayudó sin duda a que tardara en olvidarlo. Podía engañarme a mí mismo y pretender que había sido un sueño, una fantasía, pero cada vez que abría el cajón de la ropa interior, allí estaba todo aquel material para recordármelo, por no hablar de todas las fotos que Dani me obligó a hacerme.

Sin embargo, como ya he dicho antes, no tenía bastante. Quería más.Y así fue como volví a quedar con mi peor y a la vez más querido enemigo.

Esta vez se trataba de ir un paso más allá. Otro escalón descendente en la espiral de humillación que ni yo mismo sabía dónde me conducía. Estuvimos hablando de ello aproximadamente un mes a través del mesenguer. Limando todos los detalles. Negociando todos los límites. Finalmente llegamos a un acuerdo.

El mes de agosto estaba acabando, y sobre Barcelona caía aquella tarde de sábado el sol a plomo. Treinta grados, que para Barcelona, es un calor asfixiante. Iban a dar las cinco. Allí estaba yo. Nervioso, esperando delante de las puertas de los Cines Maremagnum, tal como había acordado con Dani.

No había casi nadie en aquella zona, solamente algunos guiris en las terrazas cercanas. Me preguntaba a mí mismo cómo me había metido en aquello. Contemplé en el suelo mi propia sombra reflejada, y ello me hizo más consciente de mi aspecto, lo cual contribuyó a ponerme colorado.

Llevaba únicamente dos prendas deportivas, un conjunto de atletismo que había comprado una semana antes por indicación de Dani.: Una camiseta de tirantes de la marca Nike, de tela muy suave y algo holgada, color negro con unas bandas laterales plateadas brillantes, muy llamativa y moderna. El pantalón de atletismo, a juego, de una talla mediana, en color negro con dibujos plata, elástico como todos los pantalones de atletismo, muy corto (por encima del muslo) y totalmente abierto en los laterales (supongo que los hacen así para permitir la flexibilidad de los atletas). No llevaba ropa interior, por expreso deseo de Dani. El pantalón de atletismo tenía una banda elástica interior con gomas laterales que hacía las veces de slip, aunque evidentemente, sin la misma sujeción que unos slips. Contemplaban mi atuendo unas zapas Nike también plateadas, sin calcetines, una diadema deportiva de algodón en mi frente, y otra en la muñeca.

En definitiva, iba vestido como para competir en los cien metros lisos, o en una prueba de salto de altura, desde luego no para pasearme por Barcelona, ni para entrar en un cine. Sin embargo, Dani había elegido bien aquel sitio. Probablemente, de todos los cines de Barcelona, sólo aquél, al lado del puerto y de la playa de la Barceloneta, era en el que mi aspecto podía pasar medianamente desapercibido, dada la gran cantidad de guiris en aquella época del año, el calor reinante, y la hora escogida.

Ya me estaba acostumbrando a aquello. Siempre que Dani me proponía una putada para realizar en público, en cualquier sitio público, normal, aunque inicialmente pudiera parecer demasiado fantasiosa, siempre era realizable, cien por cien. Era lo que más temía de él… ¿o lo que más me gustaba?.

En el camino de ida hasta el cine, sin embargo, había notado miradas. Aquel “uniforme” dejaba a la vista más de la mitad de mi cuerpo. Las piernas casi enteras, hasta muy por encima del muslo, muy morenas, depiladas, torneadas y potentes llamaban la atención. Los hombros y los brazos, igualmente musculazos y bronceados, lo mismo. Lo que no se veía, se intuía debajo de aquella ligerísima tela del uniforme de atletismo.

Esperé unos diez minutos, y vi llegar a Dani. No venía solo. Le acompañaban un chico y una chica. El corazón me dio un vuelco, a pesar de que no me cogía de sorpresa. Nada se había dejado al azar. Esa tarde iba a ser humillado delante de terceros, que iban a participar en la humillación.

Llegaron a mi altura, y yo estaba colorado, no sabía qué decir. Dani rompió el hielo:

-Melenas, te voy a presentar a mis amigos, Alex, y Paula.

Me sentí estúpido dando dos besos, vestido de aquella forma, a aquellos dos niñatos que no borraban de su cara una sonrisa cínica. Paula debía tener unos 20 años. Tenía el típico aspecto de quilla bakaladera del extraradio. Alex parecía más crío todavía. Bajito, moreno, con el pelo peinado con cresta y vestido como los niñatos modernillos maricas.

-Chicos, este es melenas… ¿Habéis visto qué deportista ha venido?

Risas.

-Melenas, aquí donde le veis, es un chulito hetero que va de pijo y de machito, pero conmigo es un chico obediente que hace todo lo que le digo… ¿verdad que sí, melenas?

Joder. Directo al grano. Yo ya sabía que sus amigos estaban enterados de todo, pero ser humillado de esa forma delante de ellos fue brutal. Tuve que asentir.

-Si, señor.

Risas.

Alex se soltó:

-Me parece que esto va a ser divertido. Este cabrón está para echarle un polvo, está más bueno de lo que me habías dicho, Dani… Joder, vaya culo… ¿Cuántos años tiene? ¿seguro que no es gay?

-Ja ja ja… No., pero nos vamos a divertir igualmente,, te lo prometo. Tiene 26 tacos. Tócale el culo si quieres.

-Mmmm… Ya habrá tiempo de eso…

Hablaban de mí como si no estuviera delante. Era muy humillante. Entramos en el cine. Tal como estaba acordado, saqué las entradas de los cuatro. Alex me lo agradeció con un pellizco en el culo. Paula solamente dijo:

-Joder, cómo mola, cine gratis…

Pasamos a la sala. Eran entradas sin numerar. Había muy poca gente en la sala, debido a lo temprano de la sesión. Quizá diez personas, contando nosotros. Dani sabía lo que se hacía. Probablemente había estado otro sábado anterior para verificarlo todo.

-Melenas, siéntate en la penúltima fila, entre Alex y Paula. Así lo hice. Dani se sentó detrás de mí, en la última fila. Me sentía extraño en el cine vestido de aquella forma, y tenso por encontrarme rodeado por aquellos tres chicos. Las luces se apagaron y la película empezó. No había nadie sentado en las tres últimas filas a parte de nosotros. Todo salía tal y como Dani lo había planeado.

Pasaron diez minutos y nada ocurrió. Yo seguía muy tenso. Prácticamente no podía prestar atención ninguna a la película. De pronto, percibí movimiento detrás de mí. Dani se incorporó hacia delante en su asiento y empezó a hablarme muy pegado a mi oído.

-Melenas, ha llegado la hora, espero que estés preparado.

Tragué saliva.

– Ya sabes lo que te toca, vas a hacer todo lo que te diga. Tú serás un machito, un chulo y un pijo, pero a partir de este momento, eres un perro que me obedece en todo, y estás aquí para hacernos disfrutar, a mí y a mis amigos. Asiente si lo entiendes.

Me susurraba dentro del oído. Podía casi sentirle respirar y el calor de su aliento. Sus palabras sonaban seguras, muy seguras de sí mismo. Era una sensación de control brutal.

Asentí.

-Eso es, melenas, así me gusta, ¿lo ves? No es tan difícil. Casi no tienes que esforzarte, solo relájate y seguro que lo vas a disfrutar, en el fondo eres un marica de primera… ¿verdad, melenas?

Joder, con qué chulería me llamaba melenas… Asentí de nuevo. Complacido, siguió hablando. Más que hablando, hipnotizándome con su voz.

-Bien, melenas, bien. Ahora ya sabes lo que toca. Lo primero te vas a poner cómodo. Reclínate algo en el asiento, estás tieso como un palo. Eso es, melenas, muy bien, así. Ahora abre esos muslos de futbolista, al menos dos palmos. Venga, ábrete bien de piernas, puedes hacerlo mejor, melenas.

Hacía todo lo que me ordenaba, separé los muslos, dejando las piernas abiertas, y mi paquete totalmente accesible.

-Bien, melenas, bien. Buen chico. Ahora quiero que este machito hetero pase sus brazos musculosos hacia detrás, hacia mí, por los laterales de los asientos. Venga, melenas, ya tardas. Dame tus brazos.

Hice como me decía. Al instante, Dani me agarró los brazos, doblándomelos contra el asiento. Me quejé. Dolía. Era como si estuviera esposado detrás de la butaca.

-Qué pasa chico duro, no te quejes tanto… ¿Acaso eres una nenaza?

Todo aquello estaba empezando a sobrepasarme. Me sentía totalmente indefenso, abierto de piernas, con muy muy poca ropa, y con las manos inmovilizadas a mi espalda.

-Bueno, melenas, ahora escúchame con atención. Esta tarde no eres un chico duro, eres un muñeco, un juguete, y mis amigos te van a utilizar para divertirse. Tienes un cuerpazo que es una lástima que se desperdicie, y vamos a poner solución a eso… ¿ves? Si no estuvieras tan bueno, no te pasarían estas cosas.

A la vez que me hablaba, me tenía agarrado de la melena a la altura de la nuca, inmovilizando mi cabeza, y aumentando la sensación de impotencia y rabia. Me revolví un poco, y solté una especie de bufido, y él lo notó, porque tiró más de mi pelo.

– Melenas, recuerda que eres mío, puedo hacer contigo lo que quiera. Tu cuerpo me pertenece. Yo mando, y tú obedeces, ¿lo tienes claro? Contesta.

Acojonado, con un hilo de voz, dije:

-Sí, señor.

-Está bien, así me gusta, melenitas. Ahora te diré a qué jugaremos. Tú tranquilo, solamente tienes que relajarte y no hacer nada. Vas a permitir que mis amigos hagan contigo lo que quieran. No quiero oir una queja, no quiero ver que te mueves en absoluto, solo facilítales el trabajo, abriendo las piernas y no moviéndote en absoluto. Ellos respetarán los límites que hemos pactado. A partir de ahora, cómo te muevas un milímetro, te la ganas.

Estaba acojonado, el corazón me iba a mil.

-Ya sabes, melenas, quietecito, déjales hacer sin protestar. Si no puedes aguantar la humillación, te haces el dormido…

Sonrió dentro de mi oido. Lo noté, al igual que vi cómo les hacía una seña a sus colegas, que estaban muy pendientes de la situación. Me soltó la nuca. Me di cuenta de que estaba abierto de piernas todo lo que me era posible. El paquete se me marcaba considerablemente al no llevar ropa interior. Mi paquete estaba totalmente accesible. Intenté mover las manos y noté que las tenía sujetas fuertemente.

Todo se precipitó entonces. Noté una mano que se posaba en mi hombro, y otra encima del muslo. Era Alex. Di un respingo sin querer, pero las órdenes llegaron tajantes desde atrás. -He dicho que quieto, mamón, duérmete o verás lo que es bueno. Las manos avanzaban. Una empezó a sobarme las tetas, a base de bien. Se entretenía en mis pezones. Pero la otra era aún peor. Se habia posado encima del pantalón de atletismo, y estaba abarcando mi paquete (mejor dicho lo intentaba sin conseguirlo), muy suavemente y lento de momento.

Paula puso una mano detrás de mi nuca y reclinándose hacia mí, comenzó a morrearme, metiendo su lengua dentro de mi boca. No nos estábamos besando, ella me estaba usando, tal era la forma en que me besaba… Dani se acercó a mi oído.

-Qué, melenas, lo estás disfrutando, ¿verdad? Yo hacía rato que estaba excitado a tope a la parque humillado, pero cada vez que Dani me hablaba, me sentía a punto de reventar. Mi paquete, doblado en aquellos estrechos pantalones, era un espectáculo digno de verse. A Alex desde luego debía gustarle, porque hacía rato que se concentraba en esa parte. Me lo agarraba y sobaba a conciencia. Introdujo su mano por la entrepierna, entre la tela exterior del pantalón, y esa tela más ajustada interior que hacía las veces de ropa interior (tela muy fina por cierto) y me agarró la poya.

Estaba cumpliendo lo pactado, sobándome el paquete por encima de la ropa, pero la sensación era brutal, ya que aquella tela era finísima. Dejó su mano ahí, dejándomela bien sujeta. Dani quería participar también. Empezó a posar sus labios por mi cuello y la zona cercana a mis orejas, con el objetivo claro de excitarme aún más (si cabe). Sentía que iba a correrme si aquello continuaba. De hecho, era cada vez que me susurraba algo, cuando sentía que me iba…

-Melenas, ay que ver cómo estás cabrón, mis amigos se está poniendo las botas contigo. Alex seguía magreándome la polla delante y detrás. Con la otra mano me sobaba los muslos, y los separaba cuando involuntariamente intentaba juntarlos un poco. Había dos manos más en la parte de arriba de mi torso, una en mis tetas, y otra en mi abdomen.

Aquello se prorrogaba en el tiempo. Llegó un momento en que no sabía quién me está tocando qué. Mantenía los ojos cerrados la mayor parte del tiempo por intentar vanamente pensar que aquello no estaba ocurriendo, y hacía como si dormía. De pronto había dos manos en mi paquete. La tenía completamente dura, provocando una tienda de campaña descomunal en aquel pantalón, que me aprisionaba.

Alex relevó a Paula en mi boca. Alex morreaba de forma más agresiva que ella.

Oí reírse a Dani.

-¿Lo ves, melenas? Te estás enrollando con un chico y vas como una moto… Tendrían que verte ahora las niñas de tu barrio…

Dios, me iba a correr. Cada vez que Dani me hablaba, me venía esa sensación y tenía que respirar hondamente. Me daba la inquietante impresión de que él controlaba también mis sensaciones, y dosificaba sus esfuerzos, para mantenerme en todo momento al límite, sin sobrepasarlo.

Era una tortura. Así siguieron más de media hora jugando conmigo. No podía más. Mis piernas y mis brazos temblaban por la tensión. Mis labios estaban irritados y mi boca dolorida por estar abierta (e invadida por lenguas) constantemente. No había centímetro de mi piel que no hubiera sido manoseado. Llegaron a haber hasta cuatro manos concentradas en mi pantalón de deporte.

Entonces Alex y Paula pararon. Estábamos llegando al final de la peli. Alex me agarró la punta de la polla por encima de la tela de la huevera, después de palparla a base de bien. Notaba que la tenía sujeta con dos dedos, el pulgar y el índice. No hacía nada, solo notaba la presión de sus dedos. Entonces, cada medio minuto aproximadamente empezó a un leve movimiento con ellos, como el de liarse un porro, pero no era un porro lo que tenía sujeto precisamente. El movimiento duraba apenas dos segundos, pero aquel cabrón tenía su dedo exactamente en la zona más erógena de mi miembro. ¡Dios! Cada vez que lo hacía, una especie de sacudida eléctrica cruzaba mi cuerpo, y me tensaba como las cuerdas de mi guitarra. Ellos lo notaban, podía intuir la sonrisa de Dani.

-Vaya, melenas, ahora sí que se puede decir que te tenemos cogido por los huevos, ¿no?

Me tensé nuevamente. Sentía que me iba a correr de un momento a otro. Dios, qué tortura. Nuevo roce en pleno capullo. Mi culo casi no tocaba el asiento, así estaba de tenso.

-Joder, melenitas, nos tienes a cien a los tres de verte tan caliente. Parece que vayas a reventar de un momento a otro.

No sé cuánto duró aquello. Llegó un momento en que deseé correrme de una vez y que todo terminara. Tal era mi estado de agonía, que ni pensaba en cómo iba a marcharme a casa con la corrida dentro de aquellos Nike. Sin embargo, el fin de la película llegó, y cuando las luces se encendieron, aquellos tres pedazo de cabrones, se levantaron con cara inocente, como si no hubieran roto un plato.

Yo en cambio, quería que mi butaca se me tragara Aún medio empalmado, con la melena revuelta, la cara llena de pintalabios, la ropa medio fuera de su sitio… ¡No podía levantarme aún! Sin embargo tuve que hacerlo.

-Vamos, melenas, que ha terminado la película, ya tardas. Dani me dio una colleja. Rojo, congestionado, salí fuera del cine. Me daba la estúpida impresión de que todo el mundo que me miraba sabía lo que había pasado dentro. Alex se despidió de mí, posando las manos en mi culo y estrujándolo.

-Bueno, nen, no ha estado mal la peli, ¿no? Cuando quieras repetimos…

¿Nen? Mmpfff…

La chica se fue con él. Antes de irse me dijo:

-Vaya polvo tienes tío, no me van los tíos mayores, pero a ti te hacía tres favores… Aunque para mí que eres un poco marica…

Lo que faltaba, humillado también por aquella quilla de mierda.

Dani, antes de dejarme solo, con el poco atractivo panorama de volver a casa con aquellas pintas, me puso un brazo en el hombro, y con la otra mano me dio dos cachetes (mmpfff), diciéndome:

-Melenas, yo creo que vas a tardar en olvidar este día, ¿eh?. Dame las gracias, anda.

-Gracias, Señor.

Tenía razón.


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