Tras el aperitivo fuimos andando a comer al restaurante chino que estaba debajo de la casa de Sal. Este lugar era lo menos parecido a lo que todos tenemos en mente que debe ser un restaurante chino. Era un feo y cutre local, pequeño y muy sucio, en el que hoy recuerdo que hacía mucho calor. Había sólo seis o siete mesas nada más, cubiertas con manteles de hule de aquellos a cuadros rojos. Olía a fritanga de una manera exagerada, en eso no tenía nada que envidiar a las peores tabernas de Madrid que ya es decir. Las servilletas eran de papel y los trozos de pan, ya cortados, estaban en unas canastillas de plástico que se paseaban de mesa en mesa y todos manoseaban a su antojo. El dueño chino del restaurante, que se llamaba Yu Chin recibió a Sal de manera afectuosa con amplia sonrisa y mil inclinaciones de cabeza y desde la cocina su mujer no dejó también de hacerle otras mil reverencias. Por lo bien que le trataban, supuse que Sal nunca salía de allí. No hablaban una sola palabra de español, cosa que me extrañó, y muy mal el inglés pero ningún problema para entendernos hubo. Había otros comensales también chinos comiendo ese día, con la cabeza muy agachada, casi metiendo las narices en los boles de comida. La carta era una vieja hoja amarillenta y manchada de grasa. Sal me preguntó qué me apetecía para comer y yo le dije que lo que él quisiera. No había ido a muchos restaurantes chinos en aquel entonces y a los que fui después nunca se parecieron en nada a aquél. Pidió uno de los menús y sólo puedo recordar -aparte de que la comida tardó horrores en venir y que estaba buenísima- que la sopa la sirvieron al final. Cuando estábamos terminando de comer el dueño sacó un paquetito de la cocina y se lo dio a Sal. -¿Quieres pasar la tarde conmigo? –me preguntó Sal poco después de terminar el postre con una sonrisa traviesa en la que me pareció ver algo de picardía. -Claro –le contestó yo, dejando escapar una media sonrisa y bajando los ojos. Tras la buena comida y aquella sonrisa siento que me excito. -Vale, pues pago y nos subimos. Y subimos en aquel viejo ascensor en el que no tardó en echarme mano al paquete y donde encontró un rabo tieso, bien dispuesto y preparado para seguirle en todo lo que él dispusiera. -Bien, veo que al menos el instrumento está listo, ahora sólo hace falta que quién está detrás quiera ser mi machito también. –me dice esto mirándome fijamente a los ojos, sin soltar su presa, y bien cerquita su boca de la mía -Seguro, voy a metértela enterita, hasta el fondo –digo esto en plan chulito, intentando disimular el tremendo acojono que tengo pues aunque estoy muy empalmado y deseo en verdad follármelo sin piedad, no puedo por menos de pensar si estaré a la altura por ser mi primera vez. Y para calmar mis nervios, para evitar que se notara mucho mi temblequeo, para evitar hablar y que el tono tembloroso de mis palabras descubriera mi miedo, aproximé mi boca a la suya y sacándole la lengua nos enroscamos en un beso de infierno, de esos que se dan los endiablados y posesos, de esos calientes, tórridos, lujuriosos, con su lengua codiciosa pronto en mi garganta, su mano magreándome el rabo, mi mano intentándose meter con poco éxito por detrás de sus pantalones para tocar su culo ansioso, apretándome contra las paredes de aquel ascensor que sólo tardó en llegar al último piso algo menos que una exhalación. Y nos fuimos desnudando según íbamos ascendiendo dando vueltas por aquella endiablada escalera de caracol a la vez que intentábamos morrearnos y desprendiéndonos de nuestra ropa que es una de las cosas más difíciles que yo he hecho nunca. No nos quedó más remedio que ir dejando todas nuestras ropas tiradas por cualquier sitio. Nos acabamos sentando en el sofá y me morreó dulcemente mientras me acarició la cara, el cuello, la nuca, el pecho. Todo muy suavemente y me pareció que tardaba horrores en echarme mano al rabo y huevos, tanto que se la tuve que deslizar yo, y por fin, se puso de rodillas sobre la alfombra y me empezó a comer la polla con verdadera ansia y deseo. Como sabía que no serviría de nada no intenté discutir con él, otra vez, para que me dejara a mí comer primero. Hoy era de él, haríamos lo que él quisiera, y como él quisiera pues tenía que pagarle todavía el día anterior. Además, desde que me había dicho que era pasivo, cada vez estaba más deseoso de hacerle mío, de poseerlo. Sí, cada vez tenía más ganas de follármelo y no perdía, a la mínima ocasión que tenía, de mirarle el culo que lo tenía precioso, y estoy casi seguro, aunque sólo casi, que se lo haré pasar de vicio. Y según me iba succionando me fui deslizando por el sofá como un muñeco al que le quitan el aire, hasta que me quedé tumbado y entregado sobre la alfombra. Siguió mamándome la polla mientras me acariciaba con una mano el pecho, y yo, inmóvil, admiraba el enrejado de cristales y le acariciaba con otra mano el pelo. Había una luz resplandeciente, en contraste con la deslustrada del día anterior, que fluía a raudales por los cristales y se distribuía generosa por toda la amplia estancia, envolviéndonos. Tanto reflejo pajizo me deslumbró de tal manera que desde mi posición apenas pude verle cuando se levantó a por un condón que me puso él mismo con habilidad, ni cuando se lubricó el culo usando con sagacidad su propia saliva. Y tampoco pude ver, sólo sentir, cómo poniéndose en cuclillas encima de mí, enfrentando su cara a la mía, se penetró sin ningún problema, de un suave pero firme movimiento de inserción. Y puesto que no pude verle la cara, ni sus infinitos ojos negros, opté por cerrar los míos, abandonarme y disfrutarle. -¿Has visto que bien? –me susurra con sus manos sobre mi pecho, pero todavía quieto, como haciendo hueco, como acomodando –tanto miedo como tenías. Sólo se necesita un buen rabo duro, bien erecto, del que por cierto tú andas bastante sobrado, cabrón. Nunca te lo he dicho, pero ahora que lo disfruto de la manera que quería, de la manera que más me gusta, bien puedo decírtelo. Me gusta tu rabo donde está, Alejandro. -concluye presionándome el pecho con las manos -Y a mí también. Me gusta lo calentito que te noto y cómo te siento de apretadito alrededor de mi rabo. –le digo esto manteniendo los ojos cerrados porque quiero sentirle mejor, y porque me sorprende que supiera que estaba tan acojonado pues creía que había logrado disimularlo. Poco a poco empieza una suave cabalgada apoyado no sobre las rodillas sino sobre sus pies que me encanta. Mientras, yo le acaricio sus huevos y su rabo que no está erecto pero que no me importa, pues me está demostrando que está pensando más en el placer trasero que obtiene que en su rabo que casi siempre le importa poco. La posición de engarce me facilita acariciarle también las nalgas metiendo mis manos por debajo, entre él y yo, a la vez que le ayudo en la dirección de los movimientos de monta. Siento, más que observo que, con cada galopada se abandona más y más, que también cierra sus ojos, y que coge mis manos y sacándolas de donde están, las obliga a que le acaricie su pecho y sus tetillas. No. Parece que lo que quiere es que se las apriete duramente. Sus manos acompañan a las mías y todas estrujan sus pezones de una manera, que a mi juicio fue excesiva, pero que a él pareció gustarle sobremanera. Ahora lo entiendo, quiere de mí que se las castigue fuertemente mientras él se folla de manera salvaje. Genial. Con mis dedos agarrándole las tetas y mis brazos como radio máximo de recorrido, en cada una de sus galopadas se desplaza más hacia arriba y se deja caer más hacia atrás, de manera que mis dedos y brazos tiran de sus tetillas provocándole necesariamente mucho dolor. Me doy perfecta cuenta de que en cada embolada, él disfruta mucho de su culo, pero también de la mortificación al que someto sus pezones. Cuanto más se tira hacia atrás más aguanto con mis manos su cuerpo, más fuerte tiran mis manos de su tetas y más le oigo gemir y suspirar. Y cuando muevo mis dedos haciendo fuertes círculos alrededor de los pezones, y como consecuencia de ello, los gimoteos se transforman en fuertes alaridos y sollozos, y sus ojos se llenan de lágrimas, me doy cuenta del poder que en ese momento ejerzo y mi cuerpo entonces se inflama de pasión. Y cuando el ardor que noto estando en su interior me quema, y siento que las convulsiones de su cuerpo agitan ya todo mi ser y logran transmitirme un morbo indescriptible, como no lo había sentido nunca, empiezo a experimentar algo que me inquieta, pues siento que su dolor es mi placer. No aguanto más. Empiezo a embestirle desde abajo, con furia, mientras él coloca su culo en la posición correcta abriéndose ambos carrillos y apoyándose en las rodillas para facilitarme la tarea sin tacha. Y yo me izo un poco, apoyándome en el radio de mis brazos tirando de sus pezones, justo para poder ver su cara de gusto cuando se la meto bien dentro, bien profunda. Ahora, tiene su cara muy cerquita de la mía y veo que también le gusta cuando se la meto despacito, de manera suave y superficial. Y de repente Sal decide tomar la iniciativa y cambiar el ritmo y fuerza de las inserciones. Éstas se las realiza de manera tan brutal que a mí me parecen inhumanas. Se deja caer hacia atrás para que la tensión que provocan mis manos sobre sus pezones sean máximas y se da unas cabalgadas tan bestiales que veo desbordarse las lágrimas en sus ojos, correr por sus mejillas y caer sobre mi pecho. Yo me asusto e intento aflojar la presión de mis dedos pero un grito claro y potente en contrario me disuade de hacerlo. Sigue la gran galopada pero me temo que sino controlo el movimiento un poco, me voy a correr en cualquier momento. Y así se lo hago saber, de una forma que hasta a mí me pareció un poco quejumbrosa: -Sal, para un poco que estoy demasiado excitado y voy a correrme, no voy a poder aguantar mucho más. -¿Qué pasa que no te gusta así? -Me dice con la cara desencajada y roja de pasión, aumentando los movimientos desenfrenados de monta, aumentando el frenesí y deslizándose cada vez más hacia atrás, y con sus manos en las mías para impedir que soltara sus pezones. -Sí, tío, ese es el problema que me gusta demasiado. –creo que incluso llego a reírme cuando le digo esto. -Entonces ¿cuál es el problema? -Pues, tío, que debemos parar un poquito……. vamos a cambiar de posición…….. y paramos un momentito mientras……….mientras……..yo creo que no voy a aguantar mucho más….. Pero Sal va ya embalado, a su rollo, no entiende, no ve, no oye, no escucha. Sólo siente y lo que siente le debe gustar mucho porque no se detiene y por lo tanto sólo puede ocurrir lo inevitable, que doy un grito y me corro de una manera brutal con fuertes espasmos, sacudidas y temblores. Y cuando termino de gemir y respirar convulsivamente casi no me atrevo a abrir los ojos porque temo los de Sal mirándome enojados. Los abro por fin cuando siento que sus manos desplazan las mías y me las sujeta encima de la cabeza apoyando todo su cuerpo sobre ellas. Me tranquiliza y alegra ver en su cara perfectamente delineada una sonrisa -¿Qué tal? –le pregunto casi sin respirar y como susurrando. Tengo miedo por lo corto del polvo y por el mucho dolor provocado y del que reconozco, confundido y desconcertado, que he disfrutado como nunca antes. -¡Bien¡ –me responde parco, pero sin dejar de sonreír, bajando su cara y dándome un beso cariñoso -¡Bien¡ ¿Sólo así? ¡Bien¡ –intento abrir una escotilla por donde indagar -Bien, sí. Corto, pero muy intenso. -Sí, ya sé todo lo que me vas a volver a decir. Es verdad que me he corrrido rápido pero te pedí que paráramos un momentito. Tío, es que tú cuando vas lanzado es que no oyes. Y es que era tanto el morbo que me estabas dando con tus alaridos y jadeos, tío, que no he podido………. -Tienes razón. ¿Y tú, te lo has pasado bien? -Muuuuy bien –recalqué el ¨muy¨ con la mayor de las intenciones. Pero no dije nada, en cambio, acerca de la extraña sensación que había tenido de experimentar placer en su dolor -Bueno, pues eso es lo principal -Y sacándome de sí, se tumbó a mi lado sobre la alfombra muy abrazadito a mí sin dejar de reírse. Y robándome un beso me farfulla de prisa y corriendo toda la retahíla ya conocida -No me aguantas nada, enseguida te corres. Es una pena porque eso hace que no disfrutes a tope. ¿Siempre te corres tan rápido? -Lo sabía, -le respondo afectado- no te ha gustado. -Que sí, que sí. No seas pesado. ¿Pero es que no lo has visto como me has puesto? ¿Pero no dices que he dado alaridos? ¿Crees que se puede simular esos alaridos, los gritos, las lágrimas? -¿De verdad que te ha gustado? ¿No ha sido demasiado corto? Y como también te he visto llorar………..en algún momento me he asustado -Ja, ja, ja. Alejandro, cuánto te queda por experimentar todavía. Me ha gustado mucho, de verdad. -¿Seguro? Tienes los pezones destrozados y más salidos que el asa de un cazo y se te pondrán negros como tizones, has llorado de dolor como una desconsolada magdalena. He visto el dolor que te he provocado, he visto tus lágrimas, tus sollozos, tus gritos, por eso te pregunto extrañado si te ha gustado. –Y mientras le digo esto me mira fijamente a los ojos sonriéndome guasón -Pues ya ves, me ha gustado cantidad. Y a los dos nos gustará más con el tiempo, si tú quieres repetir, ya verás. Hay muchas maneras de follar o de amar si lo prefieres. A mí en plan bestia me encanta, pero hay otras en plan más cariñoso que me gustan también. Hoy me apetecía que me dieras caña, para impresionarte pero no imaginaba que te fueras a sorprender tanto. -Pues, ya ves que sí. –le digo en verdad sorprendido mirando a sus pezones salidos al menos dos centímetros del torso -Y sobre lo rápido en correrte, pues sí, eres un poco flojo de muelle, ya te lo dije esta mañana, pero es algo normal a tu edad. Lo que ocurre es que es una pena, pues eso menos que disfrutas, al correrte tan rápido. Como pasa con todo, en el sexo también hay que aprender. Y ejercitarse. Tienes que ejercitar el músculo que tenemos entre el pubis y el cóccix que se llama pubococcígeo. -¿Cómo dices? ¿Cómo has dicho que se llama el músculo? -Pubococcígeo. Es el músculo que utilizas para cortar la micción cuando orinas y, por lo general, la gente lo tiene bastante abandonado y flácido -Y ¿todo eso para follar? Sí. Si aprietas y relajas ese músculo todos los días varias veces con ejercicios de contracción y distensión cada vez más fuertes llegará un momento en que le tendrás tan fortalecido que podrás decidir a voluntad cuando correrte y cuando no. -¿Es por eso por lo que tú no te corres nunca? -Claro. Es importante combinar el uso de este músculo con un buen conocimiento de tu cuerpo y saber cómo controlar tu energía sexual. Controlar lo que los chinos llaman ¨el chi¨. Cuando estés muy excitado debes ser capaz de hacer ascender tu energía sexual al cerebro utilizando la médula de la columna como hilo conductor. -Pero, tío que cosas más raras me cuentas. ¿Dónde has aprendido todo eso? ¿Te lo han enseñado tus amigos chinos del restaurante? -Bueno, amigos de ellos son también. Digo, desde esta zona que los taoístas llaman ¨Tan tien¨, y que en el caso de los hombres no deja de ser la próstata en donde se acumula toda nuestra energía sexual, desplazamos la energía hasta el cerebro y la acumulamos en él, experimentando entonces mil sensaciones placenteras. -¿En serio? ¿Es verdad eso que me dices? –yo empiezo a interesarme por la cuestión porque recuerdo cierta historia que alguien me ha contado -Manteniendo los ojos cerrados puedes jugar con la energía en el cerebro dándola vueltas y viendo luces de colores y estrellitas que aparecen y desaparecen y que cambian de color y mil cosas más que no imaginas. Y con la punta de la lengua acariciando el paladar superior puedes dejar que la energía descienda otra vez hasta el estómago. -¿Pero entonces, el rayo verde existe? -Transfiriendo la energía desde la próstata hasta el cerebro, verdadero órgano sexual, los hombres tenemos la posibilidad de orgasmos múltiples y en todo el cuerpo, como los que sienten las mujeres, o como los que tenías tú en la preadolescencia. Supongo que te acordarás todavía, ¿no? Pero nada de corrarse desperdiciando la esencia máxima, lo que mejor tienes, lo más valioso. Además, si no te corres, ¿cuántos polvos no puedes pegar en una noche? -Hombre Sal, si no te corres nunca, supongo que muchos, pero se trata precisamente de correrse, ¿no? -No. La gracia no está en una vulgar corrida, tío, no me jodas, sino en alcanzar el éxtasis, Alejandro, que no es lo mismo. -Pues eso, lo que yo te digo: el rayo verde -En cualquier caso y aunque te empeñes en desperdiciar tu mejor esencia, al menos si realizas los ejercicios que te digo y fortaleces los bajos dejarás ser flojo de muelle. Podrás ser un buen amante y las mujeres y los hombres pasivos suspirarán por ti después de conocerte. Conocerte en el sentido bíblico claro. -De acuerdo Sal, haré esos ejercicios –pero vamos, no sabía que follar fuera tan complicado -Eso ya sería muy importante. Y si pasas del control eyaculatorio y de la acumulación de energía y desperdicias tu esencia vital pues no pasa nada tampoco. Simplemente que perderás la oportunidad de alcanzar el éxtasis, los orgasmos múltiples y casi continuos en todo el cuerpo, y la llave de la longevidad y de la eterna juventud, pero por lo demás nada. –Sí, hombre -y ¿qué más? pensé yo. A éste se le ha olvidado el mito del paraíso terrenal. Se le ha olvidado que de ese lugar nos han echado y allí no volveremos nunca más. -Créeme. Haz lo que te digo y poco a poco comprobarás cómo tus orgasmos son diferentes, más largos y placenteros y en todo el cuerpo. -Pero, es que yo me quiero correr. Es lo mejor de todo. Si no me corro, me quedo cachondo y con tremendo dolor de huevos y necesitaré pajearme, sino me volveré loco. Créeme que lo he comprobado cientos de veces por desgracia. No todos mis amantes han sido como eres tú. ¿No lo entiendes? -¿Dolor de huevos por no correrte? Mira, chico, reconocerás conmigo que eso no es muy normal. Todo el mundo se empalme miles de veces y no por ello le duelen los huevos. Yo nunca tengo dolor de huevos de ninguna clase, eso no tardarás en comprobarlo. -Mira, tío, no sé qué decirte. Estoy alucinando. Nunca he oído a nadie esta historia tan rara que me estás tú contando. ¿Pero de cuando acá alguien folla para no correrse? Mira, no me negarás que un poco rara, sí que es la historia. -No tiene nada de raro. Los taoístas lo hacen desde hace más de dos mil años. Pero para evitar eso necesitas transformar la excitación sexual, que siempre es especialmente vigorosa, en energía y hacerla circular por las sendas naturales del cuerpo. Esa energía, en forma de radiación electromagnética recorriendo tus dos canales naturales y circulando por todas las células comenzará la producción de bioquímicos como las endorfinas que harán que te sientas mejor, y de hormonas para evitar ciertas enfermedades, y de otras substancias que reforzarán tu sistema inmunológico y eludirás otras. -Oye, sí, debe ser así como tú dices, porque estoy empezando a alucinar a colores –a pesar de mi tono burlón no parece enfadarse conmigo. -Sigo insistiendo que no sabía que follar fuera tan difícil. -Aprendiendo las técnicas taoístas de estimulación y control sexual también sentirás más placer y al menos tendrás una mejor respuesta sexual. Créeme esa gente sabía follar -Ya, y dejaré de ser flojo de muelle. Ya me lo has dicho. –dije, agitando la cabeza de un lado a otro, y recalcando las palabras. -Sí y te lo pasarás mejor. – insiste pesadito De acuerdo, haré ejercicios con el famoso músculo, pero de toda aquella conversación lo que más me interesó fue que, por lo hablado, lo del rayo verde no era un mito, por lo que le he oído, parece que el rayo verde existe.

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